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(Escultura de la imagen: Pakciarz)


SOBRE LA VACUIDAD DEL ARTE
 
José Antonio Abella
 
    Vivimos en el tiempo. Habitamos el mundo. No somos sino en relación a lo que es. Ninguna torre de marfil puede preservar al espíritu de la contaminación por la materia, por la realidad cotidiana, por las muchas miserias y no pocas grandezas de la existencia.
    ¿Ha de ser el artista una excepción? ¿Nace la obra de arte de una inspiración superior que no pasa por la estación intermedia de los hombres y sus zapatos con barro?
    No lo creo, y no lo quiero creer. Desde el pintor anónimo de Altamira o de Lascaux hasta el más reciente experimentador de arte virtual, la obra del artista no ha sido sino reflejo de su propia circunstancia. Reflejo voluntario o inconsciente, pero siempre inevitable, incluso en este siglo XX que ahora despedimos y donde han convivido las tendencias artísticas más dispares.
    Parece una contradicción. Si el arte es reflejo de su mundo, ¿cómo es posible tal disparidad de resultados en un mismo momento histórico? La respuesta me parece bien sencilla: nunca ha sido el mundo tan diverso ni ha estado el hombre tan perdido en la maraña de caminos de la realidad.
    Tal diversidad de posibilidades podría resultar enormemente enriquecedora, pero lo cierto -al menos en mi criterio- es que los resultados son sorprendentemente pobres. El hombre de nuestro tiempo se ha instalado en la mediocridad, en su cómoda mediocridad carente de preguntas para así evitar la angustia de las respuestas. Nunca ha sido el mundo más rico, ni más pobre el espíritu colectivo. Con el desplome de las ideologías parecen haber sucumbido las ideas. Las praderas risueñas de las utopías no son sino campos de ruinas. Ninguna obra de arte es capaz de acabar una guerra, de mitigar el hambre. Y el artista, en este contexto, se instala en la impotencia y en la duda como en un sillón de terciopelo. Trabaja sin preguntarse el porqué ni el para qué de su trabajo, los móviles esenciales del acto creador. Sólo sabe que en un mundo que rinde culto al triunfo, lo importante es triunfar. Y triunfar, cuando el mundo no es sino mercado, significa vender, vender al mejor precio, que es aquel que se paga por el vacío pintado de purpurina dorada.
    Lamentablemente, creo que aquel viejo cuento de El Rey Desnudo (en el que un pícaro sastre vende al rey un traje confeccionado con una tejido tan sutil que sólo es apreciado por los espíritus más selectos) es aplicable a gran parte del arte de nuestros días.
    Quien no vea la finura de esta tela, le dice el sastre al rey, demostrará que es un imbécil. Quien no sepa ver las cualidades de la nada convertida en arte, es asimismo un imbécil. Para el sastre del rey, el arte como representación del mundo, incluido el mundo de las ideas y de las emociones, es un traje pasado de moda. )Y qué se puede pedir a los pobres paletos que vistan ese traje? Por supuesto que ni el rey ni su corte de aduladores son imbéciles. Ellos saben que en el mundo de los modos, lo peor es no estar a la moda. Ellos sí están preparados para apreciar el tejido del sastre, cuya entelequia se hace ley. Es así como entre la ley y el pueblo se abre un foso imposible de salvar. Es así como surge la perplejidad del espectador, interlocutor necesario para que la obra de arte sea una obra viva, es decir: vivida, una obra con aliento y palabra además de pigmento y forma.
    Tal me parece, en gran medida, el estado de las artes plásticas ante las puertas de un nuevo milenio, un arte replegado sobre su ombligo, fuera del que nada existe y donde ninguna pregunta es necesaria. )Quién es tan estúpido como para cuestionarse el porqué y el para qué de las pelusas que aparecen en el ombligo?
    Sin embargo, aunque nos cueste creerlo, más allá de nuestro ombligo existe el mundo. Traspasada, hacia el exterior, la puerta de los estudios, las galerías y los museos, el mundo se abre en toda su plenitud y carencias, en toda su esperanza y desolación. Creo que el arte debe adquirir un compromiso con ese mundo para trascender la poquedad de su materia. Un arte de la estética y un arte de la ética. Un arte consciente de sí mismo. Un arte que no rehuya las preguntas esenciales para poder encontrar sus respuestas particulares.
    En ese orden de respuestas particulares, hace años escribí:
    "Paul Gaugin nunca llegó a su isla. Porque no existen las islas. Todos los seres del universo estamos hechos del mismo barro, del mismo polvo de estrellas. Somos parte del mundo, y todo lo que al mundo le sucede nos sucede a nosotros. Es así como la obra de arte, mimetizada por ese entorno de dolor, engendrada por la vivencia angustiosa de la realidad, adquiere los elementos espirituales y materiales de la misma -las formas y colores de la angustia-, y se transforma en revulsivo de la contemplación sosegada, en punta de flecha, en herida misma contra el orden establecido, contra la miopía burguesa cuyo vacío de contenidos es causa y consecuencia de la triste realidad circundante.
    Mas es difícil esta lucha. Son muchos los enemigos sutiles, delicados, convincentes, casi imperceptibles. Y entre ellos, el nuevo manierismo que domina tantos aspectos del arte contemporáneo: líneas estilizadas y esterilizadas, superficies pulidas, bronces inmaculados..., artificios, en suma, para el consumo, nada que perturbe el plácido y ciego ensimismamiento de una burguesía con plena inconsciencia de significados. Ni una partícula de óxido, o el óxido como valor decorativo. Mímica de suavidad, remedo y trampa de una armonía ética a la que debe aspirar toda obra humana y, especialmente, toda obra de arte.
    Funambulistas entre el bien estar y el bien ser, el artista y su obra se precipitan con demasiada facilidad en los vacíos de la existencia."

 

 
Au sujet de la vacuité de l´art
 
 
            José Antonio Abella
 
    Nous vivons dans le temps. Nous habitons le monde. Nous n´existons qu´en relation à ce qui est. Aucune tour d´ivoire peut préserver l´esprit de la souillure causée par la matière, la réalité quotidienne, les multiples misères et les nombreuses grandeurs de l´existence.
    L´artiste doit-il être une exception? La naissance de l´oeuvre d´art se doit-elle a`une inspiration supérieure qui ne s´arrête pas à la station intermède des hommes et de ses chaussures pleines de boue ?
    Je ne le crois pas, et je ne veux pas le croire. Depuis le peintre anonyme d´Altamira ou de Lascaux jusqu´au chercheur expérimental de l´art virtuel, l´oeuvre de l´artiste n´a été que le reflet de sa propre circonstance. Reflet volontaire ou inconscient, mais toujours inévitable,même en ce vingtième siècle que nous quittons et pendant lequel ont coexisté les tendances artistiques les plus diverses.
    Cela paraît une contradiction. Si l´art est le reflet de son monde comment est-il possible de trouver une telle disparité de résultats dans un même moment historique? La réponse me paraît bien simple : le monde n´a jamais été si divers, ni l´homme si perdu dans cet enchevêtrement de chemins de la réalité.
    Une telle diversité de possibilités pourrait générer une énorme richesse mais , en fait, du moins selon mon point de vue, les résultats sont étonnamment pauvres.L´homme de notre temps s´est installé dans la médiocrité, dans sa confortable médiocrité absente de questions pour ainsi éviter l´angoisse des réponses. Jamais le monde n´a été aussi riche et l´esprit collectif si pauvre. Les idées ont succombé à l´effondrement des idéologies. Les prairies réjouies des utopies ne sont plus que des champs de ruines. Aucune oeuvre d´art n´est capable de mettre fin à une guerre, d´enrayer la faim. Et l´artiste, dans ce contexte, s´installe dans l´impotence et dans le doute comme on s´installe dans un fauteuil de velours.Il travaille sans s´interroger sur le sens et la finalité de son ouvrage, qui sont les mobiles essentiels de l´acte créatif. Il sait seulement que dans un monde qui vénére le triomphe, l´important, c´est de triompher. Et, lorsque le monde n´est qu´un marché, triomphe signifie vendre, et vendre au meilleur prix, qui est celui qui se paie pour le vide peint en poudre d´or.
    Malheureusement, je crois que cette vieille histoire du" Roi dévêtu"( dans laquelle un tailleur fripon vend au Roi un costume taillé sur un tissu si fin que seuls les esprits les plus exquis étaient capables d´apprécier), est applicable à une grande partie de l´art d´aujourd´hui.
    Celui qui ne s´aperçoit pas de la finesse de ce tissu, lui dit le tailleur au Roi, n´est qu´un imbécil. Celui qui ne sait pas percevoir les qualités du néant transformé en art est également un imbécil. Pour le tailleur du Roi, l´art comme représentation du monde englobant le monde des idées et des émotions, est un costume démodé. Et que peut-on demander à de pauvres ploucs portant ce costume? Bien évidemment ni le Roi, ni sa court d´adulateurs sont des imbéciles. Ils savent que dans le monde des modes, la pire des choses est celle de ne pas être à la mode.Ils sont eux, bien préparés pour apprécier le tissu du tailleur, dont la fiction se fait loi. C´est ainsi qu´entre la loi et le peuple s´ouvre un fossé impossible de sauver. C´est ainsi que surgit la perplexité du spectateur, interlocuteur indispensable pour que l´oeuvre d´art soit une oeuvre vive, à savoir: vécue, une oeuvre qui, outre le pigment et la forme,s´accompagne de souffle et de parole.
    C´est ainsi que je vois, en général, l´ état des arts plastiques aux portes du nouveau millénaire, un art replié sur son nombril, où rien d´autre n´existe, et où aucune question n´est nécessaire. Qui est assez stupide pour remettre en question le sens et la finalité du duvet qui apparaît sur le nombril?
    Cependant, bien que nous ayons du mal à le croire, plus loin de notre nombril, le monde existe.Une fois passée la porte vers l´extérieur des ateliers, des galeries, et des musées, le monde s´ouvre dans toute sa plénitude et ses carences, dans tout son espoir et désolation. Je crois que l´art doit arriver à un compromis avec ce monde pour révéler la petitesse de sa matière. Un art de l´esthétique et un art de la morale. Un art conscient de lui-même. Un art qui n´évite pas les questions essentielles pour pouvoir trouver ses réponses particulières.
    Dans cet ordre de réponses particulières, il y a quelques années, j´écrivais:
    " Paul Gaugin jamais n´arriva à son île. Parce que les îles n´existent pas. Tous les êtres de l´univers, sommes fait de la même terre, de la même poudre d´étoiles. Nous faisons partis du monde et tout ce qui arrive au monde , nous arrive à nous.C´est ainsi que l´oeuvre d´art, imbibée de cet entourage de douleur, engendrée par le vécu angoissé de la réalité, acquiert les éléments spirituels et matériels de celle-ci - les formes et les couleurs de l´angoisse- et se transforme en accés de contemplation paisible , en pointe de flèche, en propre blessure contre l´ordre établi, contre la myopie bourgeoise dont le vide des contenus est la cause et la conséquence de la triste réalité environnante.
    Mais cette lutte est difficile.Nombreux sont les ennemis subtiles, délicats, convainquants, presque imperceptibles. Et, parmi eux, le nouveau maniérisme qui domine tous les aspects de l´art contemporain: Lignes stylisées et stérilisées, superficies polies, bronzes immaculés... artifices tout compte fait,destinés à la consommation, rien qui puisse perturber la paisible et aveugle méditation d´une bourgeoisie pleinement inconsciente de sens.Ni une particule d´oxyde, ou, l´oxyde comme valeur décorative. Mimique de douceur, mauvaise imitation et piège d´une armonie ethique à laquelle doit aspirer toute oeuvre humaine et spécialement toute oeuvre d´art.
    Funambules entre la bonne apparence et le bien être (entre el bienestar y el bien ser), l´artiste et son oeuvre se précipitent avec trop de facilité dans les vides de l´existence."

 

Traduction: Corinne Laffaille

 

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