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JOSÉ ANTONIO ABELLA LA REALIDAD POSIBLE Hacia un compromiso del arte (*)
(*)Texto correspondiente al catálogo de la exposición LA REALIDAD POSIBLE realizada con obras de Abella, Covatelo y Zaldívar en el Torreón de Lozoya de Segovia. 1992
De derecha a izda: Covatelo, Zaldívar, Abella.
Retiario II (Detalle) La geometría es anterior a la Creación. Con estas palabras definía Johannes Kepler su fe en un orden supratemporal, al que tanto la Tierra como las esferas celestes quedan subordinadas. Las leyes del universo son comunes a todas las cosas, cualquiera que sea el mundo en que se encuentran. Geometría del espacio exterior y del yo profundo, subyacente en el guijarro del camino y en cada una de las estrellas de la noche. Física de la materia y del espíritu -nombres distintos de una misma realidad- desvelada a través de la razón y, tal vez con mayor fidelidad, de la belleza: "Unico medio, escribe Mondrian, que nos manifiesta puramente la fuerza universal que contienen todas las cosas". La obra de arte, en este contexto, no sólo participa de estas leyes, sino que las introduce en su estructura interna hasta hacerlas de nuevo evidentes en la piel de su propio mundo -no en vano se le denomina creación -, universo referido a sí mismo o extrapolable más allá de su ser limitado, en un intento de prolongar su armonía íntima hacia la frontera sensitiva de la realidad exterior, hacia los lejanos confines, tantas veces inalcanzables, de un espectador impasible. La geometría, de este modo se transforma en deseo. El microcosmos deviene a espejo del macrocosmos. La pequeña obra de un hombre, la obra de arte, se convierte en el cristal oscuro y transparente donde se mira toda realización humana, en universo posible, regido por leyes armónicas que manifiestan su fuerza por medio de la materia y de la luz, por medio de la belleza. Kepler, cuyo epitafio rezaba: "Medí los cielos y ahora mido las sombras", sobre la esfera celeste de los sólidos perfectos, desde los ojos de la noche, contempla las composiciones de Mondrian y levemente sonríe.
2. Del amor, de la angustia de los sueños Pero ese deseo de armonía cósmica, ese equilibrio lúdico de colores básicos, rectángulos aureos y esferas perfectas gravitando en la noche interestelar de su propio universo conceptual, ese sueño amoroso de la razón con frecuencia se ve ahogado por la triste realidad que le circunda: miseria, odio, guerra, hambre, desolación. Paul Gaugin nunca llegó a su isla. Porque no existen las islas. Todos los seres del universo estamos hechos del mismo barro, del mismo polvo de estrellas. Somos parte del mundo, y todo lo que al mundo le sucede nos sucede a nosotros. Es así como la obra de arte, mimetizada por ese entorno de dolor, engendrada por la vivencia angustiosa de la realidad, adquiere los elementos espirituales y materiales de la misma -las formas y colores de la angustia-, y se transforma en revulsivo de la contemplación sosegada, en punta de flecha, en herida misma contra el orden establecido, contra la miopía burguesa cuyo vacío de contenidos es causa y consecuencia de la triste realidad circundante. Mas es difícil esta lucha. Son muchos los enemigos sutiles, delicados, convincentes, casi imperceptibles. Y entre ellos, el nuevo manierismo que domina tantos aspectos del arte contemporáneo: líneas estilizadas y esterilizadas, superficies pulidas, bronces inmaculados..., artificios, en suma, para el consumo, nada que perturbe el plácido y ciego ensimismamiento de una burguesía con plena inconsciencia de significados. Ni una partícula de óxido, o el óxido como valor decorativo. Mímica de suavidad, remedo y trampa de una armonía ética a la que debe aspirar toda obra humana y, especialmente, toda obra de arte. Funambulistas entre el bien estar y el bien ser, el artista y su obra se precipitan con demasiada facilidad en los vacíos de la existencia.
3. A la gris evidencia de los días Esta precipitación en el abismo, contrariamente a lo que pudiera parecer, no se vive con ansiedad ni temor. Alicia, superado el primer momento de incertidumbre, contempla entusiasmada el mundo cambiante que rodea su caída. Es el hechizo de lo nuevo, la curiosidad inherente a la condición humana. Los múltiples cambios en los postulados artísticos de este siglo, no dejan de ser la respuesta a los múltiples cambios del siglo mismo. La generación de los sueños se ha visto sucedida por las generaciones de las guerras; la de la posguerra, por las del bienestar y éstas, sin punto de interrupción, por las del desencanto. Frente a la geometría de los sueños y frente al sueño de la razón, que siempre ha producido monstruos, aparece ahora la dimensión neutra del objeto por sí mismo, el conocimiento cotidiano de las cosas concretas, ajeno a toda interpretación y a toda implicación: la evidencia gris del pan de cada día. El mundo ha dejado de ser esa urdimbre compleja donde lo personal y lo colectivo se confunden, ese todo interrelacionado donde nada es ajeno a nada. En 1.965, el grupo Zero, a través de Jan Schoonhoven, propone el aislamiento de partes de la realidad y su exposición de la manera más neutra posible, "aceptar las cosas como son, sin cambiarlas por razones personales..." Pero ¿cómo entender esa neutralidad? Sería hermoso hacerlo en el sentido que nos dice Alberto Caeiro, el heterónimo de Pessoa más cercano a esa concepción de la naturaleza donde solamente lo superfluo necesita ser explicado:
La evidencia de los días, sin embargo, nos muestra cómo ese precario equilibrio de estructuras, sistemas y telas de araña enmascarado por el velo de la abundancia, ese remedo de armonía al que llamamos orden social, ha ido tejiendo en torno a la espoleta del yo personal una maraña de intereses y de olvidos, de anonadamientos placenteros que conforman ese mar en calma, cotidianamente gris pero siempre sosegado, donde cada minuto naufragan y se ahogan las minúsculas esperanzas de un planeta solidario. Tras el ideal perdido, el arte se cierra sobre sí mismo. Mayo de 1.968 es sólo un recuerdo lejano. Muere el compromiso y nace el consumo. Bajo el asfalto de París ya nadie busca las arenas de la playa.
4. Hay un cristal oculto que revela Pero las arenas de la playa siguen existiendo bajo el asfalto de París. La realidad necesaria y la realidad inventada tienen unos límites sutiles, apenas perceptibles, que no llegan a constituir una frontera. Los objetos no sólo se revelan como son, sino también como nuestros sentidos y nuestros pensamientos quieren que sean revelados. La sabiduría popular lo ha definido perfectamente: las cosas son del color del cristal con que se miran. Pero hay lentes tan interiorizadas en nuestro yo cotidiano que ya no somos conscientes de su existencia. Cuando Brunelleschi materializó las leyes de la perspectiva, las pupilas del espectador impasible se sintieron satisfechas: habían encontrado un canon con el que contemplar el mundo. Y ese canon, casi convertido en genética, ha sido durante generaciones el método incuestionable de representar la realidad visible. Tuvieron que transcurrir cinco siglos para que el cubismo pudiera demostrar que las cosas tienen también otros puntos de mira, que un objeto único puede ser contemplado, en el mismo instante, de frente y de perfil, por arriba y por abajo, desde fuera y desde dentro. Una misma realidad puede ser aprehendida de muy distintas formas según sean los sistemas de percepción, las diferentes ópticas del espectador. Y eso mismo ocurre, por supuesto, con el color. Estamos tan acostumbrados a planificar el mundo en blanco y negro, en toda la gama de los grises, que esta estética de los no colores ha llegado a convertirse, primero, en estructura visual y, segundo, en garantía de seriedad, en sello que autentifica la trascendencia de las más nimias acciones. (Los notarios nunca firman con bolígrafos verdes). Mas cuando un rayo de luz incide sobre un prisma de cristal, la naturaleza del color se nos manifiesta de un modo sorprendente. Es la fascinación del arco iris que sentíamos de niños, cuando las sensaciones percibidas y las emociones despertadas eran vividas en toda su pureza, ajenas a esa deformación intelectual que transforma el pensamiento en disección anatómica, en urdimbre de símbolos y silogismos donde las palabras sólo de refieren a palabras. Con demasiada frecuencia, cuando entre el objeto y la emoción se interpone el pensamiento, no sólo queda anulada la emoción, sino también el objeto. Por eso es importante introducir en nuestros ojos una nueva jerarquía de valores, desnudar -desanudar- nuestra mirada para que las cosas se revelen en toda su riqueza. Y revelarse, hacerse manifiesto algo que estaba oculto, también es rebelarse, oponer resistencia, levantarse contra las múltiples ataduras de un orden impuesto, contra el dominio y predominio de un gris, ostensible o subliminal, que va destilando en nuestro inconsciente el veneno dulce de la conformidad, la falsa certidumbre que enmarca nuestra subsistencia en el mejor de los mundos posibles.
5. Una voz interior que delimita Toda rebelión surge desde dentro, de la íntima necesidad de ampliar los horizontes que la estructura social ha prefijado, de crear un espacio espiritual y físico para los caminos de libertad de nuestro yo contingente. ¿Pero hacia dónde conduce nuestro camino? Sabemos la dirección pero ignoramos el sentido. Y es en esta dicotomía de la ignorancia y el conocimiento donde surge esa voz interior que delimita las coordenadas de nuestro ser en el tiempo, el movimiento pendular que comunica la duda con la fe, el epílogo y la síntesis de nuestra historia personal y colectiva. Símbolo y testimonio de esta historia, surgen las ruinas de nuestro pasado. Ruinas de ciudades enterradas, de avenidas silenciosas desde siglos, de templos milenarios a los que nuestra conciencia de temporalidad se adhiere como un musgo imperecedero. Porque la obra de arte queda ennoblecida por el paso de los años, por el polvo de las generaciones que en ella pusieron sus ojos y, tal vez, acertaron a vislumbrar en su contenido las oscuras promesas de sus dioses. Es el devenir del arte hacia la arqueología. Y la arqueología transformada en proyecto de futuro, recreación de los sueños y esperanzas que permanecen en los capiteles caídos, en las columnas erosionadas de nuestra propia civilización. Penúltima simbiosis de la obra del hombre y la obra del tiempo, el artista supremo.
6. Un óxido de siglos que genera Ningún movimiento artístico puede permanecer ajeno a este protagonismo del tiempo. Todo afán de inmortalidad queda enterrado en las arenas de su propia erosión: la evidencia de las esfinges es prueba manifiesta. Conscientes de nuestro modesto papel de intermediarios, nos aferramos a esta resbaladiza tierra de nadie que llamamos presente; pero esa misma consciencia nos obliga tanto a recordar nuestro pasado como a prever y a proveer un porvenir que nunca llegaremos a habitar. De una parte, somos depositarios de una larga herencia cultural, variada y muchas veces contrapuesta, como la Historia misma. Las manifestaciones artísticas de nuestros días no sólo descienden del expresionismo abstracto de De Kooning, del suprematismo de Malevich, de la revolución cubista. También descienden de los bronces y las terracotas etruscos, de las esquemáticas figuras cicládicas, de los ídolos mesopotámicos de grandes ojos. Nuestro desarrollo ontogénico no puede sustraerse a las raíces culturales de nuestro árbol genealógico. Nadie es autodidacta. A través de nuestras manos sigue trabajando cada uno de nuestros antepasados, cercanos o remotos, todos los que nos precedieron en el oficio de vivir y de soñar. No es sólo una metáfora: la genética nos demuestra cómo los mismos nucleótidos que formaban las cadenas de ADN del primer homo erectus, transportadas y protegidas por nuestro organismo, prosiguen en nosotros su camino hacia no sabemos dónde. De otra parte, sin descanso posible, ese no sabemos dónde nos arrastra hacia un futuro que, a pesar de su incertidumbre, encarna la esperanza colectiva de nuestro legado. Avanzamos por una espiral apretada y por ello, a veces, nos parece estar caminando por una senda circular. Mas la convicción, tan frágil en ocasiones, de que nuestros pasos deben conducir hacia algún sitio, nos alienta a imaginar las cualidades de una meta. Esta proyección teleológica de nuestras aspiraciones, para ser consecuente consigo misma, precisa concretarse en un compromiso del yo con los demás, en realizaciones que trasciendan su propia frontera material. Pero cuando la composición estética, con frecuencia fundida y confundida en su afán de belleza, se repliega sobre su ombligo inmaculado, no hay diálogo ni compromiso posible. Todo se reduce, entonces, a la virginidad de una obra encarcelada en el narcisismo de su autocontemplación y su autocomplacencia. Es la esterilidad condecorada, la elevación de la decadencia al pedestal de la trivialidad y del consumo. Porque nada hay tan hermoso ni tan puro que encuentre en la tautología el sentido de su dimensión objetiva, siempre cuestionable en la confrontación con el universo circundante, lleno de dudas y de significados, de posibilidades y de ausencias, de contradiciones que ratifican su vitalidad desbordada. Tal vez exista la materia por sí misma; pero, para que adquiera la calificación de arte, necesita la presencia humana de un interlocutor con el que establecer una interrelación creadora, un diálogo que comprometa y reafirme a las dos partes en su mutua necesidad existencial: de un lado, para ser, y del otro, para ser consciente de que es. En pie sobre la rueda de los días, como guerreros con el corazón de acero y el cerebro de cristal, vigilamos el óxido y las cenizas de nuestra civilización con las pupilas clavadas en una estrella lejana, guía y acicate de nuestro devenir.
7. El acto creador, los mecanismos Toda obra nace del el diálogo entre el yo personal y el ello circundante, siempre relacionados por un vínculo de mutua dependencia. Desde el fenómeno perceptivo -que, sumado a la experiencia conceptual, da lugar al conocimiento y, unido a la experiencia sentimental, da lugar a la emoción- hasta el acto creador -que partiendo de la emoción y del conocimiento origina la obra perceptible-, todo gira en torno a esa interrelación, a ese ser en el mundo que desde el nacimiento hasta la muerte condiciona la estructura íntima del propio ser. Pero del condicionamiento no ha de derivarse inevitablemente el determinismo, porque se trata de un diálogo mutuo en el que el yo personal también tiene la capacidad, identificable dentro de su finitud, de condicionar y de modificar al ello social. De aquí, con la semilla humilde de la libertad y la carcoma de la revolución en las moléculas del alma, surge la esperanza que nos mantiene vivos en la frágil convicción que da sentido a los trabajos y los días. La obra, de este modo, no sólo nos justifica sino que se hace necesaria, estación intermedia de la tierra prometida, paso generador de otros pasos que irán haciendo evidente la realidad de un sendero. Nuevamente Kepler, desde las esferas celestes, dibujando una curva exponencial ( y=ax, a >1 ) cuyas abscisas muestran el tiempo, tal vez en unidades de siglos, y en cuyas ordenadas suponemos el camino ascendente de la utopía posible. Superada la miopía decimonónica que apenas aspiraba a la reproducción mimética de la realidad material -decía Courbet que "aquello que no es visible ni existente no puede ser objeto de la pintura"-, el siglo XX ha visto cómo la mayor parte de sus movimientos artísticos han intentado la creación de un espacio donde pueda ser expresada la "invisible" realidad del espíritu. Esta concepción de la obra como universo inventado, donde el artista, con palabras de Paul Klee, "imita el juego de las fuerzas que han creado y crean el mundo", aproxima los mecanismos actuales del quehacer estético a la dimensión telúrica y genésica del artista primitivo. El acercamiento a lo divino, la conjura de los fenómenos de la naturaleza, las llamadas propiciatorias a la fecundidad -una vez tamizados por los filtros del conocimiento científico y del desencanto postindustrial- siguen siendo los cimientos del acto creador. De nuevo el eterno retorno, el símbolo espiral de las estelas célticas, las coordenadas del tiempo y el deseo que convergen en un punto de encuentro. Porque, como deliciosa y certeramente escribiera Cortázar, "lo abierto sigue ahí, pulso de astros y anguilas, anillo de Moebius de una figura del mundo donde la conciliación es posible, donde anverso y reverso cesarán de desgarrarse, donde el hombre podrá ocupar su puesto en esa jubilosa danza que alguna vez llamaremos realidad."
8. De un ideal común, irrenunciable En Segovia, con las pupilas abiertas y el corazón reposado, bajo el cielo azul de un día sin otras pretensiones, con humildad y firmeza MANIFESTAMOS: PRIMERO.- Aspiramos, culpables de inocencia, a cambiar el mundo. El idealismo utópico de nuestra adolescencia retardada sabe que la armonía del sueño suele conducir a la frustración de la vigilia, pero ello no es motivo suficiente para impedir que plantemos el árbol cuya sombra no hemos de gozar. SEGUNDO.- El artista no puede vivir al margen de su tiempo. No existen las islas. Cuando el dolor nos circunda, nuestra obra debe adentrarse en ese dolor, incorporarlo a su propia estructura y resurgir en el compromiso de un mundo solidario. TERCERO.- Pero estar abierto al dolor no significa estar cerrado a la alegría. Es la propia oposición quien da sentido a los contrarios. Lo lleno y lo vacío mutuamente se necesitan, independientemente de sus proporciones. En esa dualidad desigual se engendra el compromiso de los complementarios: el rojo de la sangre y el verde de la esperanza. CUARTO.- No tenemos la piedra filosafal. Ni fórmulas plásticas que nos lleven a soluciones concretas. Avanzar por la línea trazada o salirse de la misma son cosas secundarias; lo esencial es no perder de vista la estrella que nos mueve. Quien es sincero consigo mismo tiene recorrida la mitad del camino. QUINTO.- Rechazamos de pleno el nuevo manierismo que, grosera o sutilmente, infiltra tantas manifestaciones de la industria artística contemporánea. Rechazamos la seda y el artificio que recubren la estética del consumo y la ausencia de contenidos. SEXTO.- Toda obra que no concilie la estética con la ética es sólo un cadáver o, a lo sumo, un cadáver primorosamente embalsamado. SÉPTIMO.- Conocemos nuestras limitaciones porque toda nuestra filosofía ha sido aprendida entre muros de ladrillo. Pero no existe la frontera que limite los sueños. "Seamos realistas, pidamos lo imposible." OCTAVO.- Nadie es depositario único de la verdad, ni en el mundo del arte ni en ningún otro mundo. Somos hijos de la duda..., y los hijos no reniegan de la madre. La duda es flexible, tierna, comprensiva. La certeza es rígida como la muerte, como un juez inmisericorde, incapaz de comprender que la contradición es el modo que utiliza la vida para afirmarse sobre su propia incertidumbre. NOVENO.- Miramos con desconfianza la fagocitosis del sistema sobre las vanguardias artísticas. Cuando el orden establecido se hace eco de sus reinvindicaciones y asume sus compromisos, algo se halla seriamente enfermo. DÉCIMO.- El arte debe cumplir una función didáctica y desmitificadora. El artista que se cierra en su torre de marfil difícilmente puede ampliar las bases de la realidad posible. La obra de arte no puede conformarse con la pulpa del fruto alcanzado: su corazón, deshechado, esconde un ramillete de semillas. UNDÉCIMO.- Reconocemos el trabajo de nuestros antepasados y aceptamos el dictado del tiempo como prólogo y epílogo de nuestras obras. Tenemos ojos para ver, oídos para oír, manos para tocar: quien, orgullosamente, se denomine "autodidacta", además de ciego, sordo y manco, es un perfecto cretino. DUODÉCIMO.- Crear es recrear. Recrear es recrearse. Recrearse es crearse y es gozar de lo creado. Creación y gozo son dos caras de una misma moneda. Y esa moneda es nuestro precio. DECIMOTERCERO.- Lo verdaderamente necesario no requiere demostración. Toda explicación de la evidencia es tiempo perdido. Pero somos herederos de una cultura donde lo oculto se manifiesta en la misma medida que lo evidente se oculta. La pescadilla se muerde la cola y perder el tiempo es, tal vez, la mejor forma de ganar la vida. Lorenzo Coullaut-Valera, Covatelo, falleció el 24 de enero de 2002. Como homenaje a quien fuera mi maestro y amigo, inserto el el siguiente enlace el texto que escribí para la gran exposición póstuma realizada en el Centro Nacional del Vidrio de La Granja de San Ildefonso: COVATELO, EL ESCULTOR CLANDESTINO (Texto e imágenes en PDF)
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