ARTÍCULOS DE PRENSA

 
  Domingo, 7 de marzo de 1999

Hablar con la materia

Dos esculturas de José Antonio Abella participan en el Salón de Arte de Levallois

Además de ser médico y escritor, José Antonio Abella le roba segundos al día para dedicárselos a la escultura. Mientras proyecta para el futuro una exposición con las últimas piezas que salen de su taller, dos de sus obras han sido seleccionadas para el Salón Internacional de Arte de Levallois, que se celebrará en París en el mes de septiembre.

Abella. MADRE E HIJO.

J.A.Gomez Municio. SEGOVIA.

José Antonio Abella es una especie de hombre renacentista trasplantado a esta época, que lo mismo indaga en las señales del cuerpo para descifrar sus males, que remeda el castellano del siglo XV en esa pequeña joya literaria llamada Yuda. Su labor como escultor es permanente pero tiene un punto de ocultamiento que nace de su concepción del arte, muy alejada de la necesidad compulsiva de exponer continuamente para no ser olvidado, y más cerca de aquellos que entienden la creación artística como un proceso de conocimiento personal.

Por eso para él la escultura es una de las maneras que tiene de relacionarse, casi como un artesano, con la materia del mundo, entendida en sentido amplio, porque no se ha limitado a indagar sobre un solo material, sino que ha preferido probarlos todos. La, piedra, la madera, el hierro, de la humilde chatarra al nobilísimo bronce, todos los materiales han pasado por sus manos, y todos, en su opinión,"precisan ser trabajados de una forma distinta, libre, cada uno te está pidiendo que te acerques a él de una manera determinada". De ahí que los resultados son muy distintos formalmente, y que, puestas sus obras unas junto a otras parecen ser fruto de varios autores: acumulaciones de objetos metálicos formando divertidos rostros de chatarras, por un lado y piedras bien pulidas por el otro; monumentos abstractos a la manera de antiguos templos, conviviendo con metafísicos hombres que buscan su imagen reflejada en un pozo. "Me parece que encasillarse es peligroso en todo, pero especialmente en el mundo del arte. Por eso me gusta cambiar",, insiste. También por eso las influencias son múltiples, inevitables y asumidas: " Yo vivo en mi momento histórico, y ahora está todo cerca. Tenemos acceso a exposiciones, a libros, a mucha información... No se puede decir que uno sea autodidacta a estas alturas".

Exposición internacional

Prueba de que su trabajo silencioso recoge sus lentos frutos, recientemente dos de sus últimas obras han sido seleccionadas por un jurado internacional para participar en el Salón Internacional de Arte que se celebrará en Levallois, un distrito de París, del 24 de septiembre al 10 de octubre. Una cita importante en la que participarán artistas de toda Europa, y en la que Abella presentará dos obras, que en este momento está fundiendo. La. primera se llama El tiempo, y es una enorme tortuga de bronce sobre la que cabalga un hombre que intenta detener su caminar lento pero inexorable. "Es una imagen que tiene una gran tradición, pero creo que expresa de manera muy gráfica el esfuerzo ímprobo que el hombre hace por detener el avance del tiempo", señala.Fiel a sus convicciones, la otra escultura seleccionada es muy distinta. Pertenece a su serie Energías alternativas, y representa un carro conducido por una figura, que es impulsado hacia arriba por un pájaro.

Aunque en su estilo pueden rastrearse huellas de su admirado Henry Moore, (el culpable de la vocación escultórica de Abella) de Brancusi, de Giacometti, de Oteiza o de otras van guardias escultóricas, él por quien verdaderamente se siente influido es por la escultura tribal de Zimbabwe, que tanto gustó también a los primeros vanguardistas. Como esas obras, la escultura de Abella tiene una pegada inmediata sobre el espectador, y como ellas, también, participan a la vez de la modernidad y de un impulso muy antiguo, esencial, que no puede casi ni ser nombrado.

José Antonio Abella

Por un arte con ética          

J.G.M.

 Fruto de su concepción de la creación artística, la obra de Abella sigue su propio ritmo, sin imposiciones. Por el momento no tiene prisa por exponer, aunque está planificando una próxima muestra, con fecha y contenido aún desconocido. De momento su última exposición en nuestra ciudad data de 1992, aunque antes ha realizado varias y recibido varios premios. La muestra se llamaba Una realidad posible y era un ambicioso proyecto que incluía un manifiesto en el que Abella, junto al también escultor Lorenzo Collaut Valera y al pintor Emilio Zaldívar, reivindicaban cosas tan arriesgadas en este momento como que el artista no debe vivir al margen de su tiempo y que una estética sin ética sólo da como frutos "cadáveres primorosamente embalsamados".

Componente literario

Abella nunca ha negado, al contrario que otros artistas, que hay un importante componente literario en su obra, aunque esa asunción le provoque alguna preocupación, en tiempos de mono. Pero su afán literario no llega al extremo del arte contemporáneo último, que busca su razón de ser o su explicación en una construcción teórica paralela a la obra de arte. No en vano, Abella considera que el arte se encuentra en un momento especialmente delicado, en una encrucijada donde está cayendo del lado del efectismo. "El único valor que existe en el arte es la novedad. Es un valor que es común a toda la sociedad: se valora lo nuevo en todo, también en el arte, lo que desemboca en el efectismo. No se valora la obra consolidada, la que se ha madurado", explica.

En su opinión, la obra que precisa de una apoyatura verbal es que no tiene un contenido claro. "Hay en esa obra algo ficticio, y la generalización de esa postura ha provocado una fractura importante entre el espectador y el arte, que debería preocupar a los propios artistas".


 

      20 de junio de 2000

 

CRITICA DE ARTE

La trashumancia como epopeya

Jesus Mazariegos

 La vida pastoril ha sido tradicionalmente campo abonado para el embuste y la truculencia: Abel, con sus piras de humo manso y vertical; París, el voyeur, sesteando con rollizas ninfas, y Dafnis, todo el día tocando la siringa; los monopolizadores de apariciones, revelaciones y avistamientos diversos; Salicio y Nemoroso, falsos y cursis como los Títiros, Mirtilos, Silvios y toda la almibarada caterva de la novela pastoril; los aristócratas disfrazados pintados por Watteau y por Boucher, incapaces de acercarse a una oveja.

De todos los pastores ficticios y legendarios admiro a los que Poussin pintó ante un sepulcro con la inscripción «Et in Arcadia ego» («Yo también viví en la Arcadia: en la Arcadia también existe la muerte»). Es un contrapunto de realidad en medio de la ficción bucólica. Si en la Arcadia existe la muerte, en la Castilla de los mortales, donde los pastores se llaman Agapito, Indalecio y Antonio, existe una antesala, a veces poco acogedora, llamada vida, hecha de trabajo, de sudor y de pies doloridos, de olor a ganado, de sol y del polvo de los pacíficos ejércitos ovinos.

El conjunto escultórico en bronce, Monumento a la Trashumancia, obra de José Antonio Abella, excluye la concepción bucólica y literaria gracias a un lenguaje personal en el que los grandes planos y las texturas alumbran la monumentalidad que la amplitud del lugar reclama. Una expresión de fuerza y movimiento dota al pastor de un aire épico que lo convierte en un héroe anónimo y romántico que personifica a todos los pastores trashumantes.

Sabido es que los animales admiten pocas deformaciones, con el riesgo de cambiar de raza, incluso de especie. Por eso las ovejas, aunque levemente poliédricas, son ovejas, y el mastín, perro. Son las figuras secundarias y contextualizadoras que enmarcan al pastor-héroe.

Cualidades

La figura humana, sin embargo, a más manipulaciones que soporte, no sólo es reconocible sino que ve potenciadas ciertas cualidades que la hacen grácil o pesada, tensa o sosegada, quieta o andante. No hay que olvidar que los pastores son personas y que José Antonio Abella, aunque sabe curarlas, no las crea. Abella ha creado una obra de arte, un monumento público, algo que debe tener más potencia plástica que el frágil ser humano. El escultor ha fundido un pastor de bronce fijado a la tierra por sus pesados pies, pero no amarrado, un nómada que camina a grandes zancadas, un gigante que es señuelo para el rebaño y, desde ahora, para los viajeros que lo asociarán con la primera imagen de Segovia.

El monumento no está orientado a ninguna vía en particular, fomentando así una visión desde múltiples puntos de vista, dinámica y barroca, capaz de descubrir toda su cambiante apariencia.

El pastor que camina por el Cordel de Santillana, tiene la fuerza dinámica de Boccioni, algo de la austera gravedad de Victorio Macho, y un rigor geométrico que lo convierte en telúrica montaña, en hermética pirámide y en velero de campiñas, dehesas y páramos.

Esta obra hace patentes dos cambios algo paradójicos: el lugar que durante siglos ocupara la Mesta, privilegiada y señorial, dueña de las cañadas y ruina de la agricultura y de los bosques de España, ha dado paso a colectivos ciudadanos relacionados con la protección del medio ambiente frente a la voracidad neoliberal. El otro cambio evidencia la sustitución del poderoso, del héroe conveniente o del tirano, como protagonistas del monumento público, por este héroe anónimo y popular, promovido desde la ciudadanía y financiado por el Consistorio. Grandezas del pastoreo, del arte y de la democracia.


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