Preguntas desde el abismo José Antonio Abella presenta en la Tertulia de los Martes su última novela, 'La tierra leve' En la penúltima Tertulia
del año, José Antonio Abella, uno de sus actuales promotores, presentó
rodeado de amigos su última novela titulada 'La tierra leve'. Cualquier
puesta de largo, como se dijo en la charla, es un motivo de celebración
pero en el caso de este escritor, que también es médico y escultor, el
acontecimiento debe aplaudirse aún más porque en cierta forma posee un
carácter excepcional: Abella produce de forma artesanal y con ritmo
pausado, es un autor perezoso según reconoce. Lirismo y filosofía se funden en la magnífica obra de José A. Abella "Yuda", una joya literaria sobre la expulsión de los judíos segovianos
JUAN PABLO ORTEGA Se presentan dos libros. Uno es mío. Otro de un escritor novel. Digamos primerizo: su primer parto de letras. Yo le dedico un ejemplar del mío y él me dedica a mí un ejemplar de este su primer libro. Lo miro amablemente dedicado y me digo que tendré que leerlo. En el acto de presentación el novel, que, por lo que dice Luis Borreguero, es un médico burgalés afincado en Segovia y es también poeta y pintor o escultor, y que, a pesar de todo lo que hace, ha sacado tiempo para leer mi propio libro, hace de éste unos elogios a los que yo no puedo corresponder porque no puedo decir ni bien ni mal de lo que aún no conozco. Ahí está delante de mí sobre la mesa: se titula "Yuda" y, según dice Ignacio Sanz, que, al alimón con Luis Borreguero, nos presenta a José Antonio Abella y a mí mismo al público que llena el salón de actos de la Caja de Segovia, editora de la dos novelas, "Yuda" trata de unos judíos que hace ahora cinco siglos hubieron de abandonar esta tierra de Segovia para desparramarse por el mundo. E mpiezo a leerla... ¡Pero, hombre, qué es esto! Parte en castellano viejo. En el que hablarían los judíos de por aquí hace ya tantos siglos. Y parte también en el mejor castellano en que se puede escribir hoy día por esta tierras. Y lo que en castellano viejo y nuevo tan bien se dice en este libro, esas reflexiones sobre las cosas, los hombres y la vida, merece ser leído. EL HOMBRE SABIO Y leo que cuando una época no es propia para el pensamiento libre, como es cierto que el pensamiento no puede dejar de ser libre, el hombre juicioso y prudente tiene que ser callado y discreto, y muchas veces decir no cuando sabe que es sí, y decir sí cuandosabe que es no."Que la verdad e la vida son cosas bien distintas, e la verdad non puede dexar de seer e la vida sy". Y leo que Yuda, el niño judío, dice a la paloma que le ha dado su padre: "Non temades, palomica..." Y que la paloma le miraba "e íbase quedando sosegada". Y yo ya, acabado el viaje y de vuelta en casa, no me sosiego hasta que no termino de leer esta pequeña joya -pequeña por el tamaño (89 páginas) pero en verdad preciosa- que se titula "Yuda". Y leo en "Yuda" que "el hombre sabio y tolerante es un arquero que lanza sus flechas a su propio corazón. No busca en los otros la causa de sus males y sólo en la corrección de sus propios defectos encuentra la solución de sus problemas". Y que "en el camino de la sabiduría -al que el hombre no puede renunciar- el caminante pierde tanto como adquiere, que el conocimiento y la ignorancia mutuamente se generan". LA LLAVE Y cuando he terminado de leer, me han quedado en la cabeza profundas reflexiones expresadas de manera muy bella, y las imágenes de aquellos hombres y mujeres que, hace ya cinco siglos, cuando "acercávase ya el verano a la çibdad de Segovia e con la calor brotávanse ya los frutos de los árboles, e ansy los frutos de nuestra higuera que nunca más tornaríamos a yantar, e avían vuelto los vencejos a volar baxo los arcos de la puente seca e ya los cigüeñinos, recortaban su desgarvada sylueta volando sobre las torres e tejados", hace cinco siglos tuvieron que decir adiós a sus casas y a sus huertos, y al cementerio en la ladera del Clamores, donde quedaban sus muertos. Y la imagen del niño que, muerta su madre en tierra extraña, dio suelta a la paloma y vio como ésta dirigía su vuelo hacia la que había sido su propia tierra. Y, ya al final del libro, la imagen de Yuda, ya un hombre, que en una isla muy lejos de Sefarad, mira al mundo como una isla que flota en el universo y, como una parte de su propio corazón, toma la llave de la que fue su casa segoviana y la arroja al mar "como quien echa a un pozo una moneda de cobre".
- NOVELA Nostalgia de Sefarad
Es el caso, me parece, de Yuda, de José Antonio Abella, una primera novela que, en cuanto tal, se revela prometedora y desde luego merece trascender el ámbito provincial en que ha sido acogida. La trama del libro resulta tan eficaz como sencilla. Desde el desarraigo de las lejanas costas de Corfú, Yuda, expulsado del país que le vio nacer, recrea instalado en la nostalgia y la decepción, los nítidos días de su niñez, aferrándose así a través de la memoria contra los estragos de un doble exilio: el de la tierra natal y, el no menos doloroso, del mundo mítico de la infancia inevitablemente perdida con el paso de los años. La novela, tal vez demasiado contenida, responde a un doble contraste: el que se deduce de la situación del destierro y el que se establece entre una correcta recreación del castellano del siglo XV y el actual. El autor, creo yo, sortea con habilidad no exenta de leves caídas el peligro del historicismo y, como mejor cualidad, sabe bordear el lirismo sin ceder a lo liricoide, aunque a veces, por el contrario, incurra en glosas explicativas, psicológicas o pedagógicas, prescindibles por obvias, "ruidos" que se notan más precisamente por tratarse de una obra breve. En fin, conocía de Abella algunos poemas pero en la consideración de Yuda me parece bastante más sólido su porvenir literario dentro del campo de la narrativa. Conviene esperar, desde una actitud de razonable confianza, una segunda novela, que no debiera repetir la técnica del monólogo, haciendo de paso votos porque obtenga mayores posibilidades de difusión.
"La esfera de humo" reafirma la faceta de José Antonio Abella como escritor El libro fue presentado en la última sesión de La Tertulia de los Martes Los componentes de la Tertulia de los Martes presentaron en el transcurso de su última sesión la última novela de José Antonio Abella, hombre polifacético que compagina su actividad laboral como médico rural con la escritura y la escultura. "La esfera de humo" es la segunda novela publicada de este autor residente en Segovia.El Norte. SEGOVIA. Luis Javier Moreno, Jesús Hedo, Angélica Tanarro e Ignacio Sanz, todos ellos componentes de la Tertulia de los Martes, se sucedieron en el uso de la palabra para presentar, el último trabajo literario de José Antonio Abella que ha inaugurado la colección Arca abierta de la Editorial Grijalbo Mondadori .El autor, que también ocupaba un sitio en el estrado, cerró las intervenciones previas a las preguntas de los asistentes clarificando, algunos aspectos de la novela y dando pistas sobre las diversas lecturas que ésta tiene. Luis Javier Moreno destacó "la naturalidad con que integra el aspecto mágico, el aspecto maravilloso que está tan ausente de nuestra literatura que por contra exalta los valores del casticismo y del realismo". Comparó a don Yllán, protagonista de La esfera de humo, con el mago Merlín de las leyendas artúricas y relacionó el libro "escrito con una prosa magnífica" con la tradición fantástivca de Alicia en el país de las maravillas. Para Jesús Hedo, el libro sí conecta con la tradición de la literatura española y con su habitual erudición recordó el papel del fuego en la literatura comenzando por las leyendas fantásticas y en su vertiente mística como expresión de experiencias espirituales. Para Hedo, "Abella pertenece a esa saga de médicos escritores o de escritores médicos como Felipe Trigo, Baroja, Luis Martín Santos. No sé -dijo- si es médico que ejerce de escritor o escritor que ejerce de médico". Angélica Tanarro prefirió centrarse en la figura del autor al que comparó con don Yllán y jugó con la figura del escritor y la del mago. "He descubierto -afirmó- que José Antonio Abella es sabio. Ha llegado a ese punto de sabiduría en el que se puede saber y no perder la sonrisa y eso son dos cosas muy difíciles de compaginar en estos tiempos". Ignacio Sanz afirmó que "estamos ante un escritor absolutamente confirmado porque esta no vela no es ni siquiera su segunda novela sino la tercera. Estamos ante una persona con una obra muy sólida que va a ser relevante en el mundo de las letras".
El libro de los aforismos ANGÉLICA TANARRO "La sabiduría de un hombre no se mide por aquello en lo que cree sino por aquello en lo que duda". La frase pertenece al libro de los aforismos, por el cual un tribunal inquisitorial en tiempos del rey Sabio está a punto de condenar a la hoguera a Don Yllán, el protagonista de La esfera de humo, la última novela publicada de José Antonio Abella. Estamos ante un texto de excelente factura, que mezcla con sabiduría fantasía y realidad, que combina el lirismo con el humor, que enreda al lector en una historia fantástica mientras le hace digerir con la mayor dulzura varias cargas de profundidad que van desde el invierno nuclear a los engaños de la ciencia y de la lógica. El libro recoge la mejor tradición de literatura fantástica, aquélla que forma parte de nuestra historia literaria, desgraciadamente olvidada en el presente pero asimilada con acierto en la novela contemporánea de países de nuestro entorno. En el panorama editorial español, el destino de este libro no podía ser otro -y no es que sea malo en principio- que el de inaugurar una colección juvenil. Pero este hecho no debe ser nunca la causa de que la obra pase desapercibida para un público adulto y preparado que será el que con mayor deleite disfrute de esas cargas de profundidad a las que me refiero con anterioridad. Están, por ejemplo, en el capítulo del juicio que sufre don Yllán, que da otro sentido y otro peso añadidos a un relato en el que, por otra parte, nada es inocente. En La esfera de humo nada está escrito al azar o tratado superficialmente. Y, sin embargo, y a riesgo de parecer paradójica la aseveración, es un fantástico azar el que dirige el relato por los derroteros de la magia y el que le empuja a su extraordinario final. Abella ha contado una bella historia, una historia que deja una sonrisa agridulce y un pensamiento colgado de su última página.
TRIBUNA DE CASTILLA Y LEÓN El mágico prodigioso FRANCISCO OTERO La publicación hace unas semanas de La esfera de humo, de José Antonio Abella, además del placer de su lectura, de la que luego hablaré, me ha suscitado algunas reflexiones de orden teórico sobre la literatura y la literatura juvenil. Hasta los años 80 los autores y títulos que se consideraban clásicos para el público juvenil eran Julio Verne, Salgari, Jack London, Los viajes de Gulliver, Robinson Crusoe, Las aventuras de Ton Sawyer, Sherlock Holmes, Episodios nacionales de Pérez Galdós, Platero y yo, etc. Estas y otras se consideraban obras canónicas; eran historias bien contadas de mundos reconocibles o imaginables con argumentos realistas que, a veces, llegaban a ser informaciones prácticas. Novelas de aventuras, de viajes, de acción, de expediciones científicas, de terror... En la década de los 80 se inició primero y se generalizó después una literatura específicamente juvenil sometida a las leyes a imposiciones del mercado que, incluso, ahora, confecciona un ranking de los libros más vendidos. Así han proliferado las colecciones dirigidas a un público infantil y juvenil con unos criterios comerciales, con prospecciones para conocer el perfil del lector adolescente y sus gustos literarios. En estas fechas en las que se pueden regalar libros (en vez de juguetes) nos encontramos con libros para jugar. Es el libro-juguete-espectáculo. Los niños ya no podrán ser regañados por su vicio de leer (no olvidemos que a Don Quijote se le secó el cerebro de tanto leer novelas de caballerías). En una colección dirigida a los jóvenes, Arca abierta, de la editorial Grijalbo Mondadori, se ha publicado La esfera de humo, de José Antonio Abella (Burgos, 1956). No me parece acertada su impresión en una colección dirigida a los jóvenes, fuera del circuito de la literatura para adultos. Porque toda la narración entronca con la tradición literaria clásica de la que hablé al principio por su riqueza estilística y por la profundidad de su contenido. Es un recorrido en el que el narrador nos va descubriendo y describiendo a Don Yllán, alquimista de Toledo, capital de la nigromancia medieval, a una tortuga mora que una vez tuvo figura de mujer, a un gato llamado Ptolomeo, una estancia subterránea en la que Don Yllán guarda su secreto, una esfera perfecta de cristal que ejerce su poder sobre el futuro y el presente. Esta breve enumeración no nos puede dar idea de la riqueza de los símbolos: al alquimista que investiga las transformaciones de la materia para conseguir convertir los metales en oro, que era la condensación del fuego elemental, es decir, el Sol. Los alquimistas establecían una relación misteriosa entre los siete planetas y los metales. El Sol era el oro. Don Yllán tiene dos tesoros, uno es inaccesible para los demás, es su esfera perfecta metáfora de la Realidad, del Mundo; el otro es su palabra recogida en el Libro de los aforismos por el que le quieren condenar a la hoguera las fuerzas del mal y la intolerancia. El tesoro tiene el prestigio de las cosas inaccesibles, es el secreto quimérico de la magia. Don Yllán, alquimista y mago, doblado de escritor, de poeta, baja al centro de la tierra, metáfora de la matriz, donde guarda su bola negra, para descubrir el orden de la Edad de Oro. Escribe Mircea Elialde que la magia pretende la restauración de un orden que hubo, y que no puede volver a existir salvo en los instantes en los que se está haciendo la magia. Así, en la obra aparecen muchos símbolos mágicos: el número tres, el número siete; un caldero de cobre (que ya en la época de los celtas servía para realizar ofrendas y que luego se transformaría en Grial). La lechuza, símbolo de la inteligencia; el gato y el ratón, a menudo animales míticos en la literatura. También hay referencias literarias: Ptolomeo, salvado por Don Yllán como la hija del Faraón salvó a Moisés de las aguas. El nombre de Yusuf Benemeti que nos recuerda al Cide Hamete Benengeli cervantino. Referencias a fábulas como el episodio de la transformación de animales en personas y viceversa: Y, sobre todo, el capítulo final El Deán de Santiago, donde además del tema de la ingratitud resalta la maestría de la ilusión mágica que también engaña al lector. Es una paráfrasis del ejemplo XI de El Conde Lucanor, de Don Juan Manuel. Una novela es buena no por lo que cuenta, sino por la forma de contarlo, y la forma, la prosa, el lenguaje de La esfera de humo, me parece espléndida por su naturalidad expresiva, por su sobriedad que conjuga admirablemente lo narrativo con lo poético. La mirada del autor sabe ver lo más misterioso de la vida que está a nuestro alrededor y su voz llega a nosotros con palabras que tienen poderes mágicos para llevarnos, sin ningún esfuerzo, al mundo de Don Yllán. En fin, literatura en estado puro y para todos.
CRÍTICA DE LIBROS. Últimos juegos de la
infancia FRANCISCO OTERO MARTÍN
LA aparición de las novelas de José
Antonio Abella ha supuesto, hasta la fecha, una sorpresa tanto para el lector más
atento como para la crítica más avisada. En la primera, ‘Yuda’, 1992, nos
sorprendió al dar cuerpo y voz propia y personal a un sefardí que nos contaba
su niñez en la aljama de Segovia y su salida de Sefarad tras los edictos de
expulsión de los Reyes Católicos. No deja de ser una proeza literaria poner en
pie los recuerdos de la iniciación a la vida con el lenguaje deslumbrador y auténtico
de 1492; rasgo que determina el tono, el tempo y hasta la verosimilitud de la
vida narrada. En su segunda novela, ‘La esfera de
humo’, 1995, parte de una breve apoyatura en un exemplum del Conde Lucanor
para ascender a los territorios de la imaginación. Se trata de construir otra
realidad u otras realidades a través de la magia y de unas experiencias que
buscan la transformación radical de la condición humana y la regeneración
moral a través de un lenguaje secreto. La alquimia de D. Yllán constituye un
rito de iniciación mística, expresada con una simbología esotérica, como no
podía ser por menos. Los esfuerzos de D. Yllán van dirigidos
a liberar a la persona del caos material y transmutarlo en espiritualidad pura. La riqueza simbólica de la novela crea
una cosmovisión en la que la naturaleza es el espejo de la alquimia y ésta un
espejo del universo. Acaba de aparecer su tercera novela,
‘Crónicas de Umbroso’, Anaya, Madrid 2001. Es el relato realista de un niño
que al tiempo que juega tiene las primeras experiencias de la vida; de un
espacio concreto, el pueblo de Umbroso (con la connotación inevitable de sombrío)
y de un tiempo determinado, finales de la década de los cincuenta y primeros años
de los sesenta. Si el mundo de la imaginación es
siempre verdad, el tratamiento de la realidad de unas vidas corrientes, de un
pueblo de vida plana y de un tiempo vulgar, supone para cualquier escritor un
riesgo difícil de superar. En todo tratamiento realista hay un conflicto entre
vulgaridad y creación. ¿Cómo crear con los materiales del barro de la vida
cotidiana?. ¿ Cómo alcanzar la naturalidad con unos materiales blandos?. Y, sin embargo, en la historia que
Abella cuenta nos podemos reconocer muchos lectores nacidos después de la
guerra civil, en donde todavía hay un lejano sonido de bombas y la escuela era
un espacio de tortura con recreos de leche en polvo de los americanos. Iniciación a la vida El narrador-personaje cuenta desde la
memoria del presente su iniciación a la vida en Umbroso. Hijo de una familia de
ocho hermanos de los que cuatro murieron, él hereda el nombre de uno de ellos,
como si hubiera nacido para rescatar de la muerte la vida robada. El contrapunto de los juegos en el que
se descubre la crueldad con el gato, la muerte del perrillo en el río, el
suicidio de la mujer viuda, el dolor, va jalonando la existencia del
descubrimiento de la vida y de la propia personalidad. Los aprendizajes del
dolor a través de sucesos familiares se van depositando imperceptiblemente en
la conciencia del niño al tiempo que descubre el misterio del sexo de las niñas,
la amistad y otros enigmas de la vida y de la naturaleza. En aquella existencia plana y rutinaria
del pueblo destaca la descripción minuciosa de la escuela nacional-católica-franquista.
El niño es sacado de esta rutina por la presencia esporádica de Sietebolsos y
su cartera prodigiosa. Es el personaje más real y auténtico, con más entidad
y que vertebra una parte importante de la novela. El protagonista descubre brutalmente la
maldad y la injusticia de los adultos y así, de la noche a la mañana, ya no
reconoce a su pueblo, lo ve con otros ojos, con una mirada sorprendida entre el
estupor y la rabia. Ahora se siente ajeno a ese pueblo, golpeado por la crueldad
de la que hasta esa noche sólo habían sido víctimas los animales. Y al tiempo
que el protagonista abandona con su familia el pueblo, también sale de su
infancia y del paraíso y pierde sus patrias, la del lugar de nacimiento y la de
la infancia. Toda la historia está narrada de una
manera sobria, con agilidad y soltura, con palabras que tienen vocación de
precisión y transparencia, con imágenes de luz clara y azul, a pesar de los
recuerdos umbríos, grises y fantasmales que conducen a la desolación y a los
escenarios deshabitados del final de los juegos infantiles. Con esta su última novela Abella
ratifica que estamos ante un escritor que en la madurez de sus recursos
expresivos es capaz de inventar mundos ajenos al tiempo que puede descender a la
tierra y librar batallas con la más cruda realidad cotidiana. Abella está
firmemente asentado en la patria del escritor, que es su lengua.
|